domingo, 27 de enero de 2013

El amor en los tiempos de la globalización I



En la serie de notas que voy publicando, me he ido apartando, momentáneamente, de los análisis estructurales: por ello, escribí sobre la esperanza, sobre la idea de lo humano que está por debajo de varias otras ideas que aparecen en la superficie. Motiva esta elección indagar sobre los procesos socio-históricos cuyos resultados involucran a multitudes conformadas por protagonistas-personas reveladoras de las repercusiones ellas encarnadas. Es por esto que corro la mirada para centrarme en lo que podríamos denominar “la dimensión psicosocial”, para, desde allí, reflexionar respecto de cómo se van configurando 
 las subjetividades de esos protagonistas-personas en estos tiempos globalizados.
Los cambios, por ser cotidianos en tiempos que escapan a la percepción del “ciudadano de a pie”, no posibilitan el acceso a la reflexión sobre ellos. Para tal tarea, propongo este espacio para tomar nota, recuperar informaciones que habitualmente pasan velozmente ante nuestra mirada y que, por lo tanto, no promueven el análisis, atropellado por la cascada periodística: una especie de pausa que nos permita profundizar la mirada por debajo de la “actualidad”, hurgar, entre los pliegues, las causas ocultas de todo ello. Hablar del amor de en estos tiempos nos obliga a aclarar qué se está planteando. Mi motivación fue incitada por los comentarios sobre un libro reciente, Amor a distancia, nuevas formas de vida en la era global, (Ed. Paidós). Su título me hubiera provocado un rechazo inmediato, por el tema que propone.
El mundo editorial del bestseller, de liviano tratamiento sobre problemas de “temas el corazón”, con una metodología correspondiente a una línea de publicaciones dadas en llamar de “autoayuda”, cuyo objetivo es, sobre todo a ganar dinero a autores y editoriales, hubiera sido suficiente para haberlo dejado pasar sin detenerme. Lo que me sorprendió fue descubrir como autores dos investigadores de sobrado prestigio académico y de larga trayectoria universitaria, como para obligarme a ver de qué se trataba.
Ellos son Ulrich Beck (1944), sociólogo alemán, profesor de la Universidad de Munich y de la London School of Economics. Se ha especializado en la exploración de las condiciones cambiantes del trabajo en un mundo de creciente capitalismo global; ha contribuido con nuevos conceptos a la sociología alemana, incluso con los de la llamada "sociedad del riesgo" y la "segunda modernidad". Es autor de una larga serie de trabajos publicados en revistas especializadas y de más de diez libros. La coautora es su esposa, de no menor trayectoria académica y producción científica, Elisabeth Beck-Gernscheim (1946), alemana, socióloga, psicóloga y filósofa; profesora en la Universidad de Erlangen-Nuremberg, doctorada en la Universidad de Munich.
El haberme detenido en los antecedentes profesionales de ambos es para avalar y justificar el análisis de sus investigaciones y de las conclusiones que nos proponen. No debemos pasar por alto el hecho de que están hablando de su mundo, el mundo de los países superdesarrollados. Si bien la periferia de ese mundo no necesariamente reproduce el cuadro analizado, tampoco debemos olvidar que hoy se cumple, en esta cultura interconectada la advertencia del viejo refrán: «Cuando veas a tu vecino afeitar pon tus barbas a remojar».
El ángulo desde el cual avanzan en sus investigaciones puede parecer muy banal; sin embargo, algo ha llamado la atención de estos investigadores para que abordaran el tema  amor a distancia, como reza el título del libro. Comienzan con una descripción:
 El amor a distancia se caracteriza por la separación geográfica. Los amantes viven a muchos kilómetros de distancia, en distintos países o incluso en distintos continentes. Uno de los rasgos distintivos de la actual elección de pareja es que se ha ampliado enormemente el campo de posibilidades. El mundo de las barreras amorosas se ha convertido en el mundo de las posibilidades amorosas. En primer lugar, las barreras sociales se han permeabilizado, y los controles sociales se han relajado. Antes era la unidad familiar la que regulaba y encarrilaba la elección de la pareja con arreglo a la propiedad y al estatus social. En nuestros días, la unidad familiar –cuando existe– ha perdido gran parte de su poder.
Partiendo de esta afirmación, como base de sus investigaciones, descubren detalles interesantes, que empiezan a advertirse entre nosotros, aunque todavía son infrecuentes.