miércoles, 13 de marzo de 2013

El valor de las palabras II



Puede sonar bastante apocalíptico lo afirmado hasta aquí; sin embargo, después de haber oído y leído exposiciones de tantos jóvenes, me siento autorizado a decirlo. Abundo: esta anomalía no es nada nueva, pero ha ido empeorando en las últimas décadas. Se ha expandido de modo tal, que muy poco queda no alcanzado por la onda expansiva: periodistas, comunicadores, locutores, conductores de programas radiales y televisivos que utilizan el lenguaje oral y escrito desaprensivamente, sin ruborizarse. Esta capacidad de hablar sin decir algo sustancioso, que se pueda entender correctamente, se ha convertido en la normalidad. Ante nuestra supuesta incapacidad de entender lo expresado, consultamos si hemos entendido bien y recibimos la respuesta: “yo no quise decir eso”. Entonces, ¿qué se quiso decir? La dificultad debe buscarse a causa de la cantidad de palabras que se emplean en el lenguaje cotidiano. Agrega el Dr. Barcia:
La lengua tiene alrededor de cien mil palabras, y va creciendo constantemente. El joven, hace diez años, hablaba con unas ochocientas palabras, mientras que ahora emplea menos de la mitad. Sí, esto se va empobreciendo, lo vemos nosotros gradualmente en el trato con la gente. El ejercicio oral se ha perdido y esta es la mayor dificultad. Entonces uno termina tomando exámenes escritos y todo conlleva al hecho de que el muchacho se empobrezca. La culpa no es del alumno, que es el producto del sistema, sino del sistema que está mal enfocado. La oralidad es mucho más importante que la escritura.
Acompaño la cita anterior con la opinión del Dr. José Manuel de Pablos Coello[1], expresada en un artículo suyo: Necesidad de aclarar conceptos y terminología:
Es muy probable que uno de los defectos de la sociedad de fines del siglo XX –sin relación alguna con la teoría de la sociedad de la información– sea el del mimetismo. Lo malo del mimetismo, con ser malo intrínsecamente, es que el ser mimético es una persona que generalmente no hace uso de la capacidad de reflexionar, de pensar las cosas un poco antes de aceptarlas, o no lo hace con la frecuencia que es de esperar en animales racionales. Tal vez por esa causa vivimos en un ambiente donde los temas nos asaltan, como una clara manifestación de la insensatez de algunas decisiones y de mucho discurso, todo esto se refleja de manera muy clara, tanto que es  preocupante. En realidad, este fenómeno del mimetismo, de repetir lo que otro ha dicho sin pararse a pensar si se trata de una incorrección o es acertado, se ve con frecuencia en el mundillo de la comunicación. Lo importante sigue siendo el contenido y no los procedimientos.
El argumento justificador del hablar mal parte de una pedestre verificación de entrecasa que sostiene que la gente “igual se entiende” y que esto se comprueba prestando atención a las conversaciones cotidianas. Ante este tipo de explicaciones nuestro profesor agrega:
Aceptemos que las palabras sirven para comunicarnos y nos entendemos lo mismo con el empleo de unas y otras, las voces adecuadas y las inadecuadas, pero también parece cierto que hemos de tender a aplicar los términos correctos frente a los que no lo son tanto. Este sería un camino para resolver tantos malos entendidos.
La preocupación por el deterioro del habla coloquial de los jóvenes, que ha colonizado el habla de los adultos, y que se impone casi como el modo normal del uso de la lengua castellana, ha promovido en la Facultad de Ciencias y Educación de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá, Colombia, una investigación que diagnostica el estado de la cuestión:
A través de los diferentes medios de comunicación se pueden evidenciar los distintos cambios que realizan los jóvenes dentro de un aula de clase y fuera de ésta, principalmente en las redes sociales frente al uso de la escritura sin valorar su idioma español generando así una pobreza lingüística. Esto se debe a que los jóvenes están llevando hasta el máximo su abreviación por ejemplo para escribir “te quiero” lo abrevian simplemente con una “T”; esto es muy notable en las redes sociales en las cuales los jóvenes llegan a tal punto de escribir sus propios nombres con abreviaturas, agregando o cambiando letras.


[1] Profesor de Periodismo. Universidad de La Laguna (Tenerife- España).