miércoles, 27 de marzo de 2013

El valor de las palabras VI



Como el diagnóstico del Dr. Barcia nos precipita en conclusiones tan tremendas, detengámonos a revisar el actual cuadro social educativo. Sus análisis se centran en las deficiencias que presentan el sistema educativo y el contexto familiar y cultural. Parte de una tesis por mí compartida puede enunciarse así: la educación requiere, de parte del docente, autoridad intelectual, dedicación y atención de los recorridos educacionales de los alumnos, para atender sus carencias; y, de parte del alumno, dedicación y disciplina para estudiar. Entonces se pregunta:
¿Por qué se ha perdido esta autoridad educativa? Porque la escuela normal ha perdido su vigencia, ha sido desplazada y postergada. Y la formación docente se ha ido deteriorando, porque las universidades han sido poco realistas en el enfoque y en la aplicación para la formación de los docentes. Las universidades han sido cada vez más autistas y más independientes de la realidad y entonces producen un egresado que no tiene conciencia de lo que es enfrentarse con alumnos en un grado de la secundaria. Parafraseando a Aristóteles, «la única verdad es el aula», es decir, no se preparan para la realidad.
La desconexión entre la realidad social y el ámbito del aula es un problema serio; sin embargo, esa desconexión puede encontrarse también en la educación familiar. Se produce una especie de autismo educativo por el cual lo que debe incorporar el alumno lo define el aula y lo que debiera aprender en sus primeros años no lo enseña la familia. Aparece una gran desorientación —aunque se está trabajando sobre ello— en el estado de la conciencia colectiva de los padres y de los docentes de primaria y secundaria, sobre todo en los de más edad: muestran una falta de pasión por lo que hacen (con las consabidas excepciones), con el diagnóstico depresivo de que “nada se puede hacer con estos chicos”. La verificación del pobre equipamiento intelectual, emocional y conductual con el que llegan al nivel universitario es más que elocuente. A ello responde Barcia:
Lo que está pasando es una gran apatía. Se ha perdido la promoción y los alumnos solo pasan de año. La idea de la promoción es un ascenso, la de pasar por año es el mismo nivel pero con otra categoría y no hay elevación. Y cuando egresa, no se puede adaptar a las exigencias del mundo real, entonces el padre protesta y habría que responderle que en realidad se gestó lo que él mismo alentó al no permitir que se exigiera lo que ese joven era capaz de dar. La ley de la exigencia permite que uno crezca, es como un músculo que es necesario ejercitarlo para que dé su mayor potencia. En síntesis, es la cultura del esfuerzo lo que está faltando.
El permisivismo familiar tiende a repetirse en los ámbitos institucionales en los que el niño deba actuar, donde pretenden e intentan reproducir el cuadro de las relaciones familiares. Hay en este tema una distorsión del concepto de autoridad, probablemente como herencia del autoritarismo del Proceso Militar, aunque no solamente de allí. Dice Barcia:
Autoritarismo es un vicio de la democracia, es el pisar la cabeza del de abajo. Pero la palabra autoridad[1] viene del latín y significa hacer crecer y promover. Es decir, el que tiene autoridad no es el que pisa la cabeza, sino el que promueve y lleva a un proceso de crecimiento, de elevación. La autoridad genera confianza, permite y alienta la conciencia crítica, no quiere que se desarrolle como él sino mejor. Me animo a afirmar que en términos generales, los temores en materia educativa generan pusilánimes, y la autoridad deja de ser tal por temor al autoritarismo. Y cuando en una institución democrática no se ejerce la autoridad como corresponde, se la destruye. Los padres tienen un rol fundamental. Deberían ser los primeros educadores.



[1] Potestad, facultad, legitimidad. Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia, según la Real Academia Española.