miércoles, 20 de marzo de 2013

El valor de las palabras IV



El valor de las palabras IV

Ese valor que debemos recuperar y al que ayudar para una toma de conciencia de su importancia, aparece resaltado en la exposición realizada por la licenciada Isabel del Valle, representante del Maine Humanities Council en la Argentina, sobre la relación de la palabra con la enfermedad, y su camino hacia la recuperación:
La dimensión narrativa es constitutiva de lo humano. El hombre pone su vida en palabras, no sólo habla con palabras, sino que sufre, piensa, ama, sueña y se proyecta en palabras. En ese contexto, la palabra es una mediación simbólica que permite la construcción de la identidad. Al narrar situaciones de su vida, el sujeto construye y reafirma su identidad desde una lógica interna de sentido propio. Pero a lo largo del ciclo vital, hay circunstancias en las que esa lógica interna se resquebraja, el sentido se desbarata y la identidad se fragmenta.
Esa circunstancia puede presentarse a través de la enfermedad, física o psíquica. La enfermedad es una crisis vital que atraviesa a la persona toda e impacta en la configuración de la identidad; nos vuelve indefensos, cambia el sentido de la realidad y amenaza nuestro proyecto vital. En ese sentido, continúa Isabel del Valle:
La palabra es uno de los recursos más válidos para tratar de limitar ese episodio que se percibe fuera de control. Como toda situación de alta intensidad emocional, la enfermedad reclama ,y hasta exige, ser puesta en palabras como forma de acotarla y entenderla. Vivir en la sinrazón es una exigencia intolerable para cualquiera. La primera forma de marcarle las fronteras a la enfermedad es darle un nombre. Bautizarla. El primer peldaño en el uso de la palabra. Poner la enfermedad en palabras es buscar explicaciones en el afán de dar sentido a la contingencia. El sentido será el puente entre esa añorada integridad pasada y el estado de fragmentación presente. Es un recurso indispensable para defender el mundo propio amenazado. El sentido permite instaurar una nueva lógica allí donde la había perdido. Hallar algún sentido posible donde parece ya no haberlo, ayuda al enfermo a reintegrarse y a mantener una actitud proyectiva.
Es muy interesante poder pensar la importancia de la palabra a partir de hechos pasados, presentes o posibles en los que alguna circunstancia inesperada nos coloca ante una situación nueva que nos exige comprender lo sucedido, encontrarle una explicación y una probable solución. Nada de ello es viable sin el concurso de la palabra que, cuanto más clara y significativa sea, mejor y mayor será la posibilidad de hallar la salida deseada. De lo que podemos proponer una conclusión transitoria: vida humana y palabra son dos modos de decir lo mismo. Sigamos leyendo:
En este contexto, podemos concebir la vida como un gran espacio de texto en blanco que se va escribiendo a medida que vamos viviendo. El hombre se vale de la palabra para contar historias ajenas, para narrarse a sí mismo y para posicionarse en el mundo. Al contar historias propias, se objetiva, se mira de frente y perfil, se explica, se escucha, se interpreta, se reedita una y otra vez. En ese ejercicio se convierte, al menos por un rato, en un visitante de sí mismo, lo que le da la posibilidad de pensarse, repasarse, reconocerse y comprenderse desde diversos ángulos y con nuevos juegos de luces. En ese marco, la palabra es constitutiva de su identidad personal.
Somos lo que decimos, y lo decimos como pensamos, pensamos de acuerdo con lo que hemos hecho de nosotros. Siempre la palabra ha sido el vehículo de las diversas formas en que nos proponemos vivir. La sagacidad proverbial del escritor uruguayo Eduardo Galeano nos propone pensar: “La palabra es un arma y puede ser usada para bien o para mal; la culpa del crimen nunca es del cuchillo”. Así como el arma en las manos de un principiante puede ser un peligro, la mano diestra hará un uso más eficaz de ella. Sin embargo, eso no nos asegura el sentido prudente y responsable de quien la porta.
Una simple sesión de televisión, de alguno de los tantos programas en manos de inconscientes en el uso de la palabra, nos abre la posibilidad de recapacitar sobre lo peligrosa que es la mala utilización de la palabra, es decir el mal uso de la lengua. «Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras», dijo Thomas S. Eliot[1] (1888-1965). Y esto vale para todos nosotros.



[1] Poeta, crítico literario y dramaturgo estadounidense.