miércoles, 15 de mayo de 2013

La filosofía “no sirve para nada” I


En una nota anterior, una afirmación puede provocar equívocos: «Podría decirse, por tanto, que todos somos filósofos». Bien, ¡enhorabuena que ello suceda! No debe entenderse en el sentido académico de un profesional de la filosofía, sino como un modo del pensar que se cuestiona algunos temas en relación con lo humano. El equívoco nos arrastra a preguntarnos de qué se habla, qué se pretende decir con ello. Y esto abre un camino de búsqueda la cual nos interna en una reflexión que puede comenzar con la siguiente cita. Pertenece a otro español, profesor de Filosofía y de Ética, Jefe de Departamento de Filosofía en Educación Secundaria Pública. Para presentarlo como en su tierra, es don Juan Pedro Viñuela Rodríguez. Encuentro aquí una línea de pensamiento que se acopla con lo que ya hemos estado analizando a partir de las ideas del físico Mikael Rodríguez Chala:
¿Para qué sirven la filosofía y las humanidades? Pues para nada. Por eso el ministerio es coherente al intentar casi eliminar la filosofía de los estudios de secundaria y reducir a la mínima expresión las humanidades, así como las ciencias teóricas o fundamentales. No nos engañemos, llevamos un muy largo tiempo viviendo en un mundo plano, un mundo unidimensional en el que los valores se han ido reduciendo a los valores del mercado, los valores de cambio, valores económicos. Por eso surge la pregunta de para qué sirve la filosofía, la ética, el arte, la música clásica, la literatura. Pues dentro de este esquema de valores que es el predominante, el pensamiento único del establishment, que se extiende por doquier, en virtud de los medios de manipulación y  control de masas, la respuesta es, lógicamente: para nada.
El tono provocativo tiene el astuto propósito de sacudir nuestra sesera, puesto que la afirmación que nos arroja — «No sirve para nada»— nos obliga a suponer que no es eso lo que este profesor piensa, dados los muchos años que lleva dedicados a su enseñanza. Sin embargo, con una inocultable picardía, nos coloca ante un sentido común, muy en boga: queda expresado en la pregunta de aquellos padres que deben enfrentarse con la decisión de un hijo que les comunica haber decidido estudiar filosofía: “¿Y de qué vas a vivir?” La pregunta lleva implícita la respuesta que reza: de la filosofía, no lo va a poder hacer. La frase «no sirve para nada» nos obliga a repensar qué significa “servir”, es decir, cuál es la utilidad. El profesor nos comenta:
La visión imperante de la educación es una visión tecnocrática que se apoya en el fin fundamental que ha devenido siendo la salida laboral, es decir, servir al mercado, o la adaptabilidad a la sociedad en la que vivimos. Es decir, que es el mercado el que debe regular los planes de estudios, sus currículos y sus fines. Y aquí entra un segundo pilar, los tecnócratas de la educación, los pedagogos. Estos han creado una ideología que sustenta las supuestas formas de aprendizaje y, curiosamente, esas supuestas formas de aprendizaje se adaptan perfectamente al ideal del funcionamiento de una empresa, más aún, de una empresa privada. Se vacía el contenido humanista y se erige a la competencia como medida, se elimina el aprender, el reflexionar  y se introduce la falacia del “discurso único”; se elimina la autoridad moral e intelectual del docente, se elimina la ética y la educación para la ciudadanía. Los ciudadanos no interesan, interesan los obreros y empleados intercambiables sin conciencia de sus derechos, de actitud cabizbaja y obediente.
Si bien aquella persona de los siglos XVIII y XIX, sometida a un sistema monótono y repetitivo —que trabajaba 14 o 16 horas diarias sin protestar—. Sin embargo aquella persona despertó a la conciencia del reclamo de mejores condiciones de labor y mejor retribución. Esto llegó hasta la década de los setenta del siglo pasado. Un lento pero eficaz avance de los capitales concentrados fue demoliendo el edificio del Estado benefactor y, con él, fueron eliminándose las conquistas laborales. Para este cumplimiento de los planes del proyecto globalizador le era imprescindible un perfil humano menos confrontativo, menos crítico del sistema; para ello, menos analítico y  reflexivo.