domingo, 5 de mayo de 2013

La nueva Miseria de la Filosofía I



Con este título, un joven español de 26 años, licenciado en Física por la Universidad de Granada, que aprobó un Máster en Técnicas y Métodos Avanzados en Física (MTAF) y trabaja ahora como becario FPU[1] en el Departamento de Física Teórica y del Cosmos, publica sus reflexiones. Se trata de un científico en el inicio de su carrera de investigador, Mikael Rodríguez Chala, quien se lanza a la polémica a raíz de las limitaciones que detecta en la enseñanza. A diferencia de muchos de sus colegas, sale en defensa de la formación filosófica como requerimiento básico para una maduración intelectual y moral. Las universidades de hoy, como resultado de las corrientes dominantes que sobreestiman la especialización, recortan el universo de ideas en su tendencia a “saber cada vez más sobre menos” como Ortega y Gasset sostuvo a comienzos del siglo pasado, en su famoso La rebelión de las masas (1929).
A partir de la sentencia de René Descartes: «Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás», advierte los peligros de la formación universitaria desacoplada de la lectura de la buena filosofía:
Esquiva y clandestina, son los nuevos atributos de la filosofía. Quienes otrora, como reza la leyenda, fueran baluartes de las artes y las ciencias, podrían sentirse al día de hoy con el rostro entre las manos. La LOMCE [La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa] y sus secuaces, se propone alcanzar un   modelo social de distopía y pensamiento único. Donde el debate no tenga lugar. Donde los conflictos se resuelvan con directrices maniqueas controladas desde arriba. Las batallas a lo Marx-Prouhdon, aireadas córam pópulo [delante del pueblo] desde tiempos presocráticos, se escapan de las aulas donde antaño eran tenidas como fuente del desarrollo personal y del júbilo intelectual. La filosofía se está muriendo porque la están matando.
Lo que se afirma para España no está alejado de lo que algunos planteos, de cierto progresismo pragmático, proponen para nuestra América. El peso del Banco Mundial, en sus proyectos de apoyo a la educación, apunta a los mismos resultados.
Sus señorías olvidan, o saben de buena tinta, el valor incalculable de la enseñanza filosófica. El juego philosophicus, circunscrito por el saber histórico y los altercados del debate, todas figuras inherentes e inseparables de las clases de filosofía, componen mucho más que el pueril y anodino cuerpo de una materia exigua y prescindible. El debate, la reflexión, la dialéctica, el recreo intelectual, el desarrollo social y personal en definitiva, son consecuencias ineludibles de este escenario de diversidad que construyen, o construyeron, las clases de filosofía. Los jóvenes estudiantes, ciudadanos críticos en formación, habrían de conocer el papel indescriptible que el pensamiento filosófico ha jugado en la historia del cambio social, desde los modelos de hombre y sociedad de los tiempos de Sócrates o Platón, hasta las visiones modernas de autores de renombre como Foucault, Agamben, Althuser o Marta Harnecker.
El desprecio por el saber filosófico encubre un intento de domesticación de las mentes jóvenes. La fascinación tecnológica empuja a un modo de pensar al que le preocupa prioritariamente el “saber-como” (know-how), del cual Wikipedia informa: «Es una expresión anglosajona utilizada en los últimos tiempos en el comercio internacional para denominar los conocimientos preexistentes no siempre académicos, que incluyen: técnicas, información secreta, teorías e incluso datos privados (como clientes o proveedores)». Pero no debe ocultarse que, cuando esta expresión ingresa al sistema educativo, está privilegiando un «saber cómo hacer algo fácil y eficientemente: experiencia», lo cual deja de lado preguntas como ¿Es necesario hacerlo? ¿Para qué? ¿Es eso lo que hay que hacer o se podrían intentar otros productos? ¿Es necesario que se haga de ese modo o podrían investigarse otros caminos? ¿A quiénes beneficia hacerlo? ¿A quiénes perjudica?, etc.


[1] Una unidad de coma flotante (FPU, coloquialmente un coprocesador matemático) es una parte de un equipo sistema especialmente diseñado para llevar a cabo operaciones en coma flotante números. No es sencillo entender esto, pero sirva para orientar al lector de qué se está hablando.