miércoles, 4 de septiembre de 2013

La Doctrina Social de la Iglesia y el pensamiento político moderno IX



Leamos algunos documentos de la época de Juan Pablo II (1920-2005) que afirmará en la Laborem exercens (1981):
La propiedad, según la doctrina de la Iglesia, nunca se ha entendido de modo que pueda construir un motivo de conflicto social con el trabajo... La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción: considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas, con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser poseídos ni siquiera para poseer, porque el único título legítimo para su posesión es que (en forma de propiedad privada o pública) sirvan al trabajo... El reconocimiento de la justa posición del trabajo y del trabajador dentro del proceso productivo, exige varias adaptaciones en el ámbito del derecho mismo a la propiedad de los medios de producción". (subrayados RVL)
Algo más de la Laborem exercens, en la que reafirma este modo de entender la propiedad privada:
La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes... hagan posible la realización del primer principio de aquel orden, que es el destino universal de los bienes y del derecho a su uso común. (subrayados RVL)
En la sociedad capitalista, en la que el mercado funciona dentro del marco de las diferencias de capacidad adquisitiva, sólo pueden cubrir sus necesidades los que están en condiciones de pagar por ellas. En la democracia cada ciudadano vale un voto, en el mercado cada participante vale por el dinero que posea. Además la atención de las necesidades queda librada a un juego perverso: unos pocos satisfacen hasta los deseos más superfluos y los más no alcanzan a los mínimos. Por ello se sostiene en la Centesimus annus (1991):
Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana... No se ha superado, en cambio, la alienación en las diversas formas de explotación, cuando los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para satisfacer cada vez más refinadamente sus necesidades particulares y secundarias, se hacen sordos a las principales y auténticas, que deben regular el modo de satisfacer otras necesidades. (subrayados RVL)
Aparece entonces la falacia sobre la que se apoya cierto democratismo de cuño liberal cuando separa lo político de lo económico. Además se da un tratamiento a lo económico por fuera de lo ético, como un simple mecanismo, de este modo desaparecen las responsabilidades personales y colectivas frente a las calamidades en que está sumergida una parte importante de la población del planeta. A pesar de todas estas citas, en las que queda claro cómo se expone en los textos a lo largo de los siglos la doctrina sobre la propiedad, quiero repetir acá, entonces, las palabras ya citadas de José Sols Lucia, que vuelven a subrayar la contradicción entre lo expresado y las prácticas realizadas: «Pocos conceptos del discurso social cristiano han recibido un grado tan alto de manipulación colectiva como el de "propiedad". La práctica eclesial ha acabado siendo a menudo el polo opuesto a lo formulado en sus escritos oficiales de Doctrina Social, no digamos ya a lo formulado en el Antiguo y el Nuevo Testamento».