domingo, 8 de septiembre de 2013

La Doctrina Social de la Iglesia y el pensamiento político moderno X



Si este tipo de crítica puede llamar la atención del lector desprevenido, o desconocedor de la enorme capacidad autocrítica que se mantiene en el seno de la Iglesia, signo de salud y vitalidad, a pesar de las conductas y afirmaciones de varios miembros de la jerarquía, es en gran parte porque nada de todo ello aparece en los medios de comunicación, fuente casi excluyente de donde se extrae la información que circula para el gran público. Sin embargo, a pesar de todo este desconocimiento, los debates internos no se acallan y se puede encontrar en ellos posiciones muy sólidas en defensa de una distribución más justa de la propiedad. Una explicación a los desvíos doctrinarios podemos encontrarla en las palabras del sacerdote Luis González-Carvajal[1] (1947), profesor de teología del Instituto Superior de Teología de Madrid, quien habla de los comienzos de estos desvíos doctrinales y prácticas sociales:
Las cosas empeoraron a partir del siglo IV, cuando comenzó la época de la monoinculturación. Se impuso a todo el mundo una teología elaborada a partir de las categorías grecolatinas, una liturgia inspirada en los ceremoniales de las cortes imperiales, una legislación construida en los talleres del derecho romano y una autoridad marcada por el modelo monárquico.
Todo ello fue desarrollando un modo de entender la realidad social que llevó lentamente a modificar la interpretación doctrinaria del concepto de propiedad, siendo arrastrado éste por los valores de la cultura del Imperio romano y, más tarde, por los de la cultura medieval, feudal y monárquica. Este lastre de valores no propios del cristianismo lo lleva a este profesor a decir:
A partir del momento en que comenzó el proceso de secularización de la sociedad (entre los siglos XVI y XVII), la Iglesia - incapaz de descubrir los valores evangélicos que subyacían al mismo- se negó a despedirse de la cultura que fenecía, comenzando así una etapa de creciente aislamiento. Podríamos decir que desde el siglo XVI la Iglesia ha vivido permanentemente a la defensiva... Alguien ha dicho cáusticamente que la Iglesia lleva siempre “una revolución de retraso”: cuando tuvo lugar la Revolución Francesa la Iglesia se aferró al Antiguo Régimen, logrando que la burguesía se volviera ferozmente anticlerical; cuando comenzó a fraguarse la revolución proletaria la Iglesia empezaba a sentirse a gusto en medio de la burguesía y se alió con ella frente a los trabajadores.
Estas contradicciones, a las que alude nuestro teólogo, nos permiten comprender por qué las manifestaciones que, muchas veces, salen de algunos miembros de las iglesias no coinciden con el fondo profundo y permanente de las verdades evangélicas. A veces, por la falta de formación o de discernimiento que logre separar debidamente conceptos claros en los textos de las filtraciones de valores ideológicos de las culturas dominantes. No se puede ocultar que en esas palabras también se advierten dos cosas: a.- que se descubre una pobre formación intelectual en algunos de sus miembros que los lleva a ignorar gran parte de lo que se ha escrito durante siglos y b.- algo que es bastante frecuente, una especie de esquizofrenia que separa lo que se lee en los textos, entendidos como doctrinas universales pero que no aplican tantas veces a ciertas situaciones puntuales.
Otro aspecto que no se debe rehuir aquí es la incidencia de ideologías conservadoras y compromisos políticos que inciden en las posiciones a adoptar, por sobre la responsabilidad social con los más necesitados. Ese compromiso que se declara constantemente no aparece siempre acompañado por actitudes en consonancia. Esto se percibe, más de una vez, en las manifestaciones periodísticas de algunos dignatarios eclesiásticos, más preocupados por posiciones políticas circunstanciales olvidando las verdades de los contenidos tradicionales de la Iglesia cuando analizan situaciones sociales, políticas o económicas.



[1] Es Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, Profesor de la Facultad de Teología y Director del Departamento de Teología Moral de la Universidad Pontificia Comillas.