domingo, 13 de octubre de 2013

Subjetividad posmoderna y el buen vivir V



Me parece necesario seguir las reflexiones del Doctor Rendueles porque, aunque nos hable desde la experiencia de la Europa actual y, más específicamente, de la España de hoy, nos propone un temario y un modo de tratamiento, a partir del cual seguir reflexionando respecto de este fenómeno que, como caracterización, hemos aceptado denominar subjetividad posmoderna. El paso propuesto ahora es remitirnos al origen de lo que hemos estado pensando:
La genealogía del nosotros en el trayecto clásico que combinaba el ethos, - entendido como el conjunto de tradiciones que se integraban en una filiación -, con la autorreflexión que construía el proyecto biográfico, este esquema ha explotado. Y ese vacío ha dejado paso a la necesidad de orientar en soledad las identidades sucesivas a partir del deseo y de la búsqueda de la autenticidad. «Sé fiel a tu deseo, defiéndelo de lo inauténtico» (en este caso lo inauténtico son las convenciones sociales), es un discurso que condena a mis prójimos a ser simples construcciones de los sentimientos: el otro se convierte en un fantasma actualizado únicamente por mi amor proyectivo hacia él. El nosotros postmoderno es solo la suma de mis objetos de deseo: un mundo que cancelo cuando les retiro mi afecto.
 El lenguaje del párrafo propuesto adquiere un cierto grado de tecnicismo filosófico que intentaré aclarar. En la historia de los últimos siglos, dentro del cuadro de la cultura moderna, la constitución de la subjetividad se constituía en términos más comprensibles: permitían una cierta claridad respecto de qué se debía ser, cómo se debía realizar eso, cuáles eran los pasos necesarios para su logro, etc. Todo ello cuando ésta no mostraba todavía signos de agotamiento. En ese cuadro social se mostraba un modo de ser hijos, luego adultos maduros, que no parecía expresar dificultad mayor. Aquel deber ser no se presentaba como una imposición insoportable e inaceptable; por el contrario, nos ofrecía un marco claro de maduración y realización personal. No debe entenderse esto como una descripción paradisíaca: había diferenciación de clases, pero aparecían algunos caminos de movilidad social, que se convertía en un incentivo para muchos, aunque no tantos lo lograran.
Ese deber ser hablaba de los necesarios esfuerzos para su logro, que, en cierta medida, nos disciplinaba pero lo hacía dentro de un clima amable. En esta posmodernidad, se le contrapone una intuición que habla de la inutilidad de muchos esfuerzos; que la recompensa por hacerlo no está a la altura de las promesas. El horizonte se ensombrece y desdibuja, el futuro se desvanece en un presente repetitivo; en su lugar, sólo queda este presente que se debe aprovechar disfrutando al máximo de todo aquello que se logre, aunque no sea mucho. Disfrutar es la voz de orden de este tiempo. Sin embargo, la suma de los pequeños disfrutes que se desvanece en cuanto se agota el instante, deja un vacío más profundo y angustioso. En medio de ese juego perverso e irrespirable, la propuesta de los sentimientos mezquinos hacia el otro que privilegia la satisfacción personal, aguachenta y deteriora las relaciones personales, las banaliza y pierden densidad: se deshumanizan:
Hemos pasado del «hasta que la muerte nos separe» al «hasta que el sentimiento nos una». El salto va de un extremo al otro. Nada me parece más ridículo que el lloroso abrazo de Bertrand Russell a una de sus múltiples esposas para confesarle que en el paseo matutino de antes del desayuno ha descubierto que ya no la quiere y deben divorciarse. Entre esos extremos quizás haya que introducir alguna promesa mínimamente estabilizadora, porque de otro modo es como la profecía que se cumple a si misma: si la relación se basa en la actualidad del deseo, la autorreflexión crea una inseguridad automática.
Parece, de lo que se desprende de esta aguda descripción, que la persona posmoderna, definida hace un tiempo como “el hombre light”, padece de una gran dificultad para establecer las que hace un tiempo se habrían denominado relaciones maduras. La inestabilidad que supone la promesa de “mientras que los sentimientos nos unan” es, en sí misma, una confesión de liviandad, de transitoriedad, que lleva implícita la certeza de que esos sentimientos son pasajeros.