miércoles, 23 de octubre de 2013

Subjetividad posmoderna y el buen vivir VIII



Parto de la tesis sustentada en que la posmodernidad es el resultado del ocaso de la modernidad y, por lo tanto, necesariamente una época de crisis.
La declinación cultural —expresada, como en otras circunstancias históricas similares, en un proceso de relajamiento de las normas sociales, de los valores imperantes, con sus correlaciones intersubjetivas— desguarnece el entramado de las relaciones que unen a las personas entre sí. El piso ético se resquebraja y se torna movedizo. El sujeto portador de la subjetividad posmoderna es el emergente más claro de tales consecuencias. Entonces, para hablar de subjetividad en esta época de crisis, es necesario entender la potencia de este concepto y sus ambivalencias. La palabra “crisis viene del griego krisis y significa ‘separar o ‘decidir; la segunda acepción denota, también, el momento de decisión que abre camino ante una encrucijada nueva. También derivan de allí las palabras “crítica” —‘análisis o estudio para emitir un juicio’— y “criterio”, ‘razonamiento adecuado’. He apelado a la etimología de estos términos por tratarse de un recurso que favorece un pensamiento de mayor profundidad.
Este rico juego de posibilidades de interpretación nos permite superar el restringido e inflexible uso   que convierte la crisis en una situación próxima al desastre. Aceptado el aspecto que habla de lo no deseado,  debemos agregarle ahora la posibilidad de la desarticulación de lo anterior existente como  potencial emergencia de algo nuevo. Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos ahondar en las promesas que la etimología nos ofrece y preguntarnos: ¿qué tipo de oportunidad?; ¿oportunidad para qué?; ¿qué promete y a qué nos invita? En este punto, debemos dejar dicho que el modo de enfrentarnos con este tipo de estados socioculturales depende, en gran parte, de las subjetividades que asumen la situación en toda su amplitud y elaboran respuestas posibles ante ellos. Las potenciales réplicas resultan de la condición espiritual de los actores, en su carácter de persona única e irrepetible, y de los componentes socioculturales largamente amasados por la conciencia colectiva histórica.
Voy a afirmar lo siguiente: para responder ante la crisis, no hay respuestas únicas, mecánicas, que incluyan a todos; eso no es humano y sólo puede funcionar como hipótesis en las mentes que piensan en términos estructurales, como si el todo social marchara independientemente de los actores sociales. La creatividad de cada persona — potenciada o mutilada por las corrientes que cruzan el momento del espacio público, entramada en el conjunto de acciones individuales— dará una resultante que de ninguna manera puede esperarse como necesariamente predecible o, al menos, aproximativa. La historia ha enseñado la alta variabilidad con que cada pueblo, en circunstancias análogas, asumió y respondió en cada caso. Y la experiencia da cuenta de tantas singularidades, de imposible pronóstico, que han presentado un cuadro novedoso, aunque pueda pasar  inadvertido para aquellos que “tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen”. La historia humana es un caleidoscopio de situaciones que, con el correr del tiempo, permite descubrir cuánta creatividad ha demostrado en las respuestas ofrecidas. Apreciarlas o no es el resultado espiritual del abanico comprendido entre la esperanza y el escepticismo.

Estamos atravesando uno de esos tiempos de crisis. El clima de época condiciona las subjetividades y los estados de ánimo consecuentes que genera. El tema del buen vivir en el que iremos introduciéndonos exige la reflexión sobre ciertos aspectos previos que no merecen ser soslayados. Hablé antes de la mirada estructural que genera una fisura en su modo de apreciar la realidad sociohistórica. Esa visión coloca en veredas enfrentadas al actor social, con su biografía y sus resultados en un momento dado, ante los procesos complejos que discurren su acontecer con un frío desentendimiento de las personas participantes. Pensar de este modo es el resultado de la mentalidad científica que fragmenta el todo social en espacios específicos, poco conectados entre sí: para este caso, el de la psicología y el de la sociología.