domingo, 27 de octubre de 2013

Subjetividad posmoderna y el buen vivir IX



El título de estas páginas contrapone dos figuras cuasi ideales, por su tratamiento como dos conceptos abstractos que sólo cobrarán vida y colores más intensos en historias personales. Plantearlo en estos términos nos permite enfocarlos teóricamente, con el necesario distanciamiento de la multiplicidad infinita de casos individuales. Abstraer rasgos generales comunes a todos ellos, aceptando el grado de arbitrariedad que encierra una selección de este tipo, abre un campo más extenso y habilita una mirada más amplia y general. Nos encontramos en una coyuntura que nos presenta, siguiendo esta estrategia, la manifestación espiritual de época expresada en dos figuras: la que conforma la subjetividad moderna —sostenida por las certezas de la cultura de los últimos tres siglos— y la posmoderna, que padece el desgaste de las tantas promesas incumplidas,  razón por la que se sumerge en un gris escepticismo —«La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser»—, cubierto por una actitud pretendidamente sostenida sobre el ejercicio de una libertad sin compromiso y sin restricciones.
Sobre este clima, que embarga a gran parte de la cultura occidental moderna, flota la desazón, la desorientación, el sinsentido que esmerila lo mejor de nuestros sueños y nos precipita en un abismo sin fondo y sin más allá. Enfrentar el problema de la transición hacia otras formas de vida individual y colectiva, mejores, más humanas, posibles  no es tarea sencilla. La decadencia de la modernidad es irrespetuosa con los mejores sueños que pudimos tener; es implacable con la esperanza que acariciaba dulces utopías; es irreverente ante las creencias que alimentaban y proyectaban la vida hacia un futuro esperable; se nos presenta como una Parca que insinúa con su gélida sonrisa la anticipación de un destino no querido pero inexorable. Todo ello está presente ante todos nosotros, aunque intentemos torcer la mirada para ignorarlo. La subjetividad se ve acuciada con esos anuncios y se cobra su precio en lo más íntimo de nosotros.
Sin embargo quiero expresar mi convicción, sostenida en la certeza de que todo es superable si somos capaces de construir una realidad individual y colectiva que aliente el espíritu de lucha. En consecuencia, no debe faltar una buena dosis de esperanza para acumular en nuestra mochila de caminante la convicción de que la historia puede ser reconducida hacia otro territorio. Sin olvidar la aún considerable reserva de los mejores sentimientos solidarios mostrados por el hombre a lo largo de su milenaria presencia, aunque ocultos por los relatos. Agregando la convicción de que la historia ha sido siempre el resultado de la convergencia de fuerzas e ideales sostenidos con diversos resultados, y que han sido los hombres, con conciencia o sin ella, quienes han empujado el carro de la historia hasta el sitio donde hoy se encuentra.

Para seguir avanzando en una primera aproximación, convoco el pensamiento de la doctora en Psicología Social, profesora Mirtha Cucco, egresada de la Universidad Complutense de Madrid. Su aporte a estas páginas parte de formular algunas preguntas, como comienzo del tratamiento del problema sobre el camino de salida de la crisis que es, al mismo tiempo, el de entrada en un mundo diferente.
¿Cómo transformarnos y transformar la sociedad a partir de ser hombres y mujeres enteramente capitalistas, construidos con las lógicas del capital? Esto nos sitúa en la necesidad de sentar las bases de una praxis que ligue los contextos micro y macro sociales y transforme la realidad interna no menos que la externa. Nos enfrentamos aquí con una gran asignatura pendiente en el ámbito de la intervención político-social, que tiene que ver con el modo en que se soslaya, cuando no se desprecia como problema menor o sujeto al ámbito de la responsabilidad de cada uno para con su vida, el tema de la propia subjetividad en juego, construida con las mismas categorías de aquello que se pretende transformar.
Sus interrogaciones se afirman en la tesis de que no puede pensarse por separado lo que define como el contexto micro y el macro. Advierte que deberemos enfrentar una paradoja: lo que pretendemos modificar está construido con la misma materia con la que nos proponemos llevar adelante la tarea desde cada uno de nosotros.