miércoles, 4 de diciembre de 2013

El oficio del señor Durán Barba II



Lo que importa rescatar, para el logro de un análisis más denso y sustancioso, es el marco cultural en el que se inscriben estas metodologías de manejo de la conciencia colectiva. Un primer punto de referencia es el inicio de lo que se ha conocido como modernidad. Podemos definirlo como un camino de la cultura europea transitado entre los siglos XVI al XVIII, en una primera etapa, de recuperación de la centralidad humana. Sus promesas se fueron desvaneciendo por el fuerte impacto del modo de producción capitalista, impulsor de la Revolución Industrial. La transformación cultural posterior configuró lo que ha sido calificado por especialistas como la sociedad de masas. Su comienzo en Europa se extendió a los Estados Unidos y, desde allí, hacia el resto del mundo occidental, con una fuerte incidencia después de la Segunda Posguerra Mundial. Este fenómeno de masas ha sido la condición necesaria para comprender la posibilidad de los manejos que estamos analizando.
Un muy interesante pensador e investigador, filósofo, escritor y cineasta francés, Guy Debord (1931–1994), planteó un análisis de esta cultura del siglo XX desde un ángulo novedoso, en un libro importante en esas décadas: La Sociedad del espectáculo (1967). En líneas generales, su teoría propuso explicar las causas de lo que juzgaba «el debilitamiento de las capacidades espirituales en el curso de la modernización de las esferas tanto privadas como públicas de la vida cotidiana». Su tesis sostenía que «La fuerza de las transformaciones capitalistas, imponiendo una cultura de mercado, se hicieron sentir durante la modernización de Europa tras la Segunda Guerra Mundial». La alienación del ciudadano de a pie podía ser explicada, entonces, por el impacto de la mercantilización y su fuerza invasiva: la naturaleza seductora del capitalismo consumista. Sus conclusiones dirigieron su crítica contra la idea de la mercantilización que trasmitían los medios masivos de comunicación. La alienación era el resultado histórico provocado por el capitalismo.
Debord propone ver el desarrollo de la sociedad moderna a través de la óptica que denuncia «Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación». Plantea entender la historia de la vida social como el paso de una cultura «del ser al tener y del tener al simplemente parecer». Esta condición, en la cual la vida social auténtica ha sido sustituida por su imagen representada, evidencia «el momento histórico en el que la mercancía completa su colonización de la vida social». Siguiendo la línea del concepto “alienación” en Karl Marx, sostiene que:
El espectáculo es la imagen invertida de la sociedad en la cual las relaciones entre mercancías han suplantado las relaciones entre la gente, en quienes la identificación pasiva con el espectáculo suplanta la actividad genuina. El espectáculo no es una colección de imágenes, es una relación social entre la gente que es mediada por imágenes.
La mercantilización de la vida del ciudadano de a pie es la consecuencia del mecanismo de tener que venderse para trabajar, midiendo su precio por la oferta y la demanda en el mercado, y cotizarse, entonces, por su capacidad productiva. Todo ello sumerge la vida humana en un mar de mercancías hasta convertirla en una más. La sabiduría popular ha denunciado: «Tanto tienes, tanto vales».
El estilo de Debord, casi telegráfico y sintético, obliga a un esfuerzo necesario para acceder al contenido de su pensamiento. Recuperemos la ecuación planteada: «del ser al tener y del tener al simplemente parecer» que muestra el proceso de transformación de la vida cotidiana: del ser llegamos al parecer, a imagen. Se entiende así que, en una sociedad de mercado, la imagen es también una mercancía más, ésta también se consume, pero queda desnuda al mostrar que carece de contenido. La imagen es puro vacío, es sólo lo que parece ser.