miércoles, 18 de diciembre de 2013

El oficio del señor Durán Barba VI



Concluye, como justificación y exhibición de su capacidad erudita de investigador y de su interés sólo científico en el proceso nazi:
Nada apoyó la disparatada idea del origen común de la tal raza aria. Inspirados en estas supersticiones, los nazis asesinaron a millones de judíos, gitanos y miembros de otras razas a las que consideraban inferiores. Un gobierno que surgió de las urnas, con el apoyo masivo de su pueblo fue, al mismo tiempo, uno de los más sangrientos y demenciales de la historia.
El doctor Alejandro Horowicz, profesor titular de Los Cambios en el Sistema Político Mundial, en Sociología (UBA) ha salido al cruce de tanto ruido mediático respecto de los dichos de referencia, con un artículo (Info News, 18-11-13) en el que señala cierta hipocresía por tanto comentario. Dado que el pensamiento de este publicista ha dicho, escrito y publicado todo lo que piensa sin pudor alguno, ¿por qué, entonces, tanto revuelo, qué hay de novedoso?
Los expertos en comunicación se lo explican pedagógicamente a sus eventuales "clientes": no se trata de lo que se piensa, se trata de lo que se dice o lo que se debe callar para ganar. Los gestos vacuos ocupan toda la escena, los otros quedan para los suicidios discursivos, cuando la fobia impide entender qué "conviene", o para los que creen que están más allá de esta sencilla pero estricta regla. Esto no lo ignora casi nadie en el mundillo de la comunicación política, y todos actúan en consecuencia. La pregunta es otra: ¿qué vale ese rechazo? Barba destacó en sus artículos del diario Perfil, en su libro, y en un reportaje a la revista Noticias, la importancia de Hitler. Recordó que ganó democráticamente las elecciones de 1933, y esto ya no lo dice Durán pero conviene retenerlo: la compacta mayoría lo respaldó hasta las últimas horas del '45 en el búnker berlinés.
Como prueba de las formas hipócritas de las declaraciones, y para volver sobre hechos que muchos de los indignados olvidan, recuerda este triste capítulo de la historia:
El 13 de mayo de 1939, el transatlántico alemán St. Louis partió desde Hamburgo (Alemania) hacia La Habana (Cuba). A bordo viajaban 937 pasajeros, mayoritariamente judíos alemanes que huían del Tercer Reich. Habían solicitado visados para los Estados Unidos y tenían planeado permanecer transitoriamente en Cuba. Desde la Kristallnacht (9 y 10 de noviembre de 1938), los nazis habían intensificado el ritmo de la emigración forzada de judíos. Joseph Goebbels esperaba, junto al resto de la jerarquía nazi, que la negativa de otros países a admitirlos contribuyera a la realización de los objetivos antisemitas del régimen. Y así fue. Antes de que el barco saliera de Hamburgo, los periódicos derechistas cubanos anunciaron la inminente llegada de la nave y solicitaron se pusiera fin a la admisión de refugiados judíos. La prensa estadounidense y europea llevó la historia a millones de lectores. Sólo unos pocos sugirieron que los refugiados deberían ser admitidos en los Estados Unidos. Los informes sobre la llegada del St. Louis provocaron una enorme manifestación antisemita en La Habana; el 8 de mayo de 1939, cinco días antes de que el barco zarpara de Hamburgo, 40 mil marcharon entonando consignas antisemitas. Decenas de miles las escucharon por radio. Y cuando el barco llegó a puerto el 27 de mayo, sólo se permitió el desembarco de 28 pasajeros. Seis de ellos no eran judíos (cuatro españoles y dos cubanos). Los restantes 22 disponían de documentos legales de entrada.
La admiración por Hitler y el antisemitismo, la conveniencia de hablar o callar, hablar a media voz como para ser de la partida pero no tanto, es parte de lo que nuestro investigador enseña a sus clientes, aconseja a sus candidatos, pero cuando debe combatir en la arena política, no conoce armas despreciables ni métodos rechazables, como comenta en sus libros con ostentación de sus logros por perversos que éstos sean, con tal de lograr el objetivo propuesto: que gane su cliente y destrozar a su adversario. Sin embargo, para el público parece ser menos escandaloso que su confesada admiración por Hitler.

Es mucho más grave, en mi opinión, haber convertido la ciencia de la polis como un ejercicio del bien común —que proponían Platón, Aristóteles, santo Tomás de Aquino, entre otros, y que recoge toda la tradición judeocristiana— en un ejercicio de técnicas de marketing para la colocación de un nuevo producto en el mercado político: un candidato. Bastardear ese legado de la cultura occidental, vaciarlo de contenido ético, reducirlo a una mera competencia en la que se premia al que llega a la meta con más votos, sin importar cómo se los recolecte, es, aunque parezca exagerado un delito de lesa humanidad.