domingo, 23 de marzo de 2014

¿Qué se oculta debajo de ciertos debates? XI



Se concentra el manejo de los alimentos en pocas manos, todas empresas multinacionales cuyo objetivo, definido por Esther Vivas, es ganar lo máximo posible en el menor tiempo, sin reparar en los métodos para su logro. El resultado de esas maniobras se refleja en lo siguiente:
Un ejemplo. Según la FAO, en los últimos 100 años hemos visto la desaparición del 75% de la diversidad agrícola y alimentaria en el planeta. ¿A qué se debe esto? A que unas pocas empresas han priorizado una serie de variedades agrícolas y alimentarias, por el hecho de que se adaptan mejor a sus intereses particulares. Variedades de alimentos que recorren grandes distancias, con buen aspecto para que puedan comercializarse en un supermercado, y en los que se priorizan elementos como el sabor. Si los alimentos se corresponden con variedades autóctonas, es muy posible que no cuenten para el mercado. En definitiva, son grandes empresas que promueven aquello que les da rentabilidad económica.
Al subordinar la producción de alimentos a criterios rentísticos, se altera totalmente la lógica que privilegia la salud de la población. Estos criterios son dejados de lado en tanto puedan significar un costo mayor que disminuya sus utilidades:
La agricultura transgénica importa a diferentes niveles. Primero, por su impacto social. Esto implica la privatización de las semillas, que quedan en manos de grandes empresas que las comercializan. Me refiero principalmente a Monsanto, pero también a Syngenta, Pioneer, Dupont o Cargill. Se acaba, por tanto, con la capacidad de los campesinos para producir e intercambiar semillas. Podemos hablar asimismo de un impacto medioambiental y de la desaparición de variedades. A fin de cuentas, la coexistencia entre la agricultura transgénica y la tradicional es imposible. Mediante el aire y la polinización, la agricultura transgénica contamina los otros campos. Además, acaba con las variedades locales y promueve las semillas transgénicas o híbridos, que las grandes empresas comercializan. Asimismo, hay un impacto sobre nuestra salud, como han señalado distintos informes críticos como el de Seralini. Greenpeace señala que no hay informes independientes que garanticen que los transgénicos no resultan nocivos para la salud humana, ya que los informes existentes están financiados por empresas con intereses en el sector.
Otro aspecto de este sistema de producción de alimentos, que no aparece en la superficie de lo informado, es el referido a los modelos implementados. Interesa conocer sus investigaciones sobre España, porque el modelo se repite en el nivel mundial:
Empresas como Mercadona, Carrefour, Alcampo o El Corte Inglés son responsables de este modelo agroalimentario que no funciona. Porque pagan unos precios de miseria al productor, precarizan los derechos laborales y nos venden unos alimentos de muy baja calidad con efectos negativos para nuestra salud. En el estado español, el 75% de la distribución de alimentos está en manos de 5 supermercados y 2 centrales de compra (consorcios de supermercados), que tienen un control muy importante sobre aquello que comemos.
El argumento que sostienen los especialistas en economía para defender este modelo es que al consumidor se le ofrecen productos a través de las grandes cadenas de supermercados a precios que resultan más baratos. Esther Vivas rebate estos argumentos:
Esto no es cierto, porque tienen unos costos ocultos. Por un lado, son productos que se fabrican explotando las condiciones laborales de los trabajadores (Inditex con Zara es un claro ejemplo; la ropa "low cost" con derechos laborales "low cost", que explota a trabajadoras en Bangladesh con consecuencias dramáticas, como la fábrica que se derrumbó en este país y mató a varias de sus empleadas). Además, se trata en general de alimentos "kilométricos" con un impacto ambiental muy claro (emisión de gases de efecto invernadero y cambio climático). Según datos del centro de investigación GRAIN, el 55% de los gases de efecto invernadero a nivel mundial son consecuencia del actual modelo de producción, distribución y consumo. Así pues, pensamos que compramos barato, pero ¿quién paga los efectos sobre el cambio climático de aquello que comemos? Se trata, además, de alimentos de mala calidad, elaborados con altas dosis de pesticidas, aditivos y potenciadores del sabor, lo que tiene consecuencias en nuestra salud. En los últimos años, enfermedades como la hiperactividad infantil, las alergias o la obesidad han aumentado. Esto implica también un coste para la salud pública.