domingo, 2 de marzo de 2014

¿Qué se oculta debajo de ciertos debates? V



En esta nota, confrontaré lo expuesto en las páginas anteriores con las explicaciones de un columnista habitual del diario La Nación, Alberto Benegas Lynch, hijo (1940), sobre cuya formación e ideas conocemos, según Wikipedia:
Es un académico y docente argentino especializado en economía, administración de empresas y análisis económico del derecho, y uno de los primeros exponentes del pensamiento libertario en idioma español. Es doctor en economía y doctor en ciencia de la administración, es profesor universitario y ha recibido grados honoríficos de universidades de su país y del extranjero. Como docente, fue profesor titular en la Universidad de Buenos Aires y enseñó en cinco facultades: Ciencias Económicas, Derecho, Ingeniería, Sociología y en el Departamento de Historia de la de Filosofía y Letras. En sus obras Benegas Lynch expone su pensamiento económicamente y políticamente libertario, abarcando desde el liberalismo clásico hasta el anarco-capitalismo, pensamiento que él define como autogobierno.
Su nota del 6-1-14, cuyo inquietante título es La recurrente manía del igualitarismo, es presentada por el diario con la siguiente frase de aparente tono neutro: “Más allá de las buenas intenciones, en las sociedades abiertas redistribuir ingresos es contraproducente, incluso para los más necesitados”, dice el autor. “Lo importante es maximizar los incentivos”.
Comienza la nota con la siguiente afirmación:
Con la mejor de las intenciones, seguramente, se machaca sobre la necesidad de contar con sociedades más igualitarias desde el punto de vista de ingresos y patrimonios. Pero esta visión, tan generalizada, es en verdad del todo contraproducente, y de modo especial para los más débiles y necesitados.
Pertenezco a una línea de pensamiento que reivindica una de las mejores herencias del siglo XVIII, tal vez la más importante, y que ha calado muy hondo en el corazón y en las ideas de la mayor parte de los hombres de Occidente. Se expresa en las tres banderas de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad, cuyos valores recogen parte de la más vieja tradición judeocristiana, base de la cultura moderna. Por ello, al leer esta afirmación, partiendo del debido respeto por la pluralidad, me vi forzado a incorporar las ideas de este profesor en el desarrollo de estas notas.
Debo decir que mi convencimiento acerca de la necesaria igualdad —que no significa que todos reciban la misma retribución, como se sostuvo desde un comunismo infantil— se sostiene en las investigaciones científicas de las últimas décadas[1]. Los primeros hombres, de hace unos doscientos mil años (homo sapiens-sapiens), vivían en comunidades nómadas igualitarias, a pesar de lo que se dice por ignorancia o por intereses inconfesables partiendo de una tesis arbitraria que sostiene el salvajismo de aquellos hombres. Dar por válida esta tesis permite afirmar la lucha de todos contra todos como condición natural, de la cual se desprende la primacía de los más aptos. Sigamos leyendo a nuestro pensador:
La manía del igualitarismo lleva a los aparatos estatales a ocuparse de "redistribuir ingresos". Robert Nozick[2] ha escrito que le resulta difícil comprender cómo es que la gente vota diariamente en el supermercado sobre la base de sus preferencias sobre los bienes y servicios que más le agradan y, luego, los políticos se empeñan en redistribuir aquellas votaciones, lo cual significa contradecir las previas decisiones de los consumidores. Esto, a su vez, se traduce en un desperdicio de los siempre escasos factores productivos y, por consiguiente, en una reducción de salarios e ingresos en términos reales.
Calificar de manía a ideas de tan hondas y fecundas, tradición que ha plasmado en la modernidad occidental a partir del siglo XVI en una cultura de base humanista, ya supone un menosprecio no aceptable en quien luce un recorrido docente y académico como el expuesto. Se desprende del tono una soberbia de ilustrado que  no debo pasar por alto.
 El nudo central de su pensamiento radica en privilegiar el mercado por encima de la sociedad civil, al consumidor como más importante que el ciudadano.  Cada uno de estos debe recibir sólo lo que merece, lo que se ha ganado en la competencia, el perdedor es víctima de sus incapacidades. Esta confusión conceptual, que no parece corresponda a los títulos que ostenta, tiene graves consecuencias ya vistas. Más aun, privilegia la libre elección de bienes y servicios como decisión fundamental del ejercicio de la libertad, libertad que exige como condición previa —que no menciona, pero de fundamental importancia—, disponer del dinero necesario para su ejercicio: la libertad de comprar. En síntesis: el ciudadano-consumidor ya votó en el mercado; entonces, ¿para qué sirve el voto democrático en la elección de representantes, que contradice las decisiones ya tomadas? Leyó bien, eso dice.



[1] Remito a la lectura de mi trabajo El hombre originario, disponible en la página www.ricardovicentelopez.com.ar .
[2] Filósofo y profesor de la Universidad de Harvard (1938-2002), considerado una de las mentes más preclaras del liberalismo contemporáneo, expresada en su ya clásico Anarquía, estado y utopía, en la que se ubica como un representante del anarco-capitalismo.