miércoles, 5 de marzo de 2014

¿Qué se oculta debajo de ciertos debates? VI



Sigue argumentando, con una lógica encerrada en sí misma, con afirmaciones que no parecen necesitar  demostración alguna. Utilizando la terminología de los clásicos del liberalismo económico, continúa:
En una sociedad abierta es absolutamente irrelevante la diferencia entre los patrimonios de los diversos actores económicos, puesto que, como queda dicho, las diferencias corresponden a las preferencias de la gente puestas de manifiesto en el plebiscito diario con sus compras y abstenciones de comprar. Lo importante es maximizar los incentivos para que todos mejoren, y la forma de hacerlo es, precisamente, respetando los derechos de propiedad de cada cual.
En la sociedad abierta de la que habla — posiblemente en los Estados Unidos de los 50 y 60—, la mayor parte de sus intelectuales sostenía que allí no existían las diferencias entre clases sociales, tal como se lee. En ella imperaba la filosofía del self- made man, el hombre que triunfa por su propio esfuerzo. Hasta no hace tanto tiempo, hablar de clases era considerado el resultado de un marxismo ya superado. En las décadas siguientes, sobre todo desde los noventa en adelante, la crisis les hizo tomar conciencia de que ellos también tenían pobres. A esto se refirió entonces Juan Pablo II, cuando los definió como el Cuarto Mundo.
En esa sociedad abierta, no tiene el menor significado, sostiene que es irrelevante que unos pocos tengan tanto y unos muchos, muy poco (el 1% frente al 99%, como manifiesta el Occupy Movement). Su explicación se acerca a lo ridículo cuando argumenta, créase o no, que las diferencias corresponden a las preferencias de la gente. En un país tan libre como los Estados Unidos, cada uno tiene la libertad de ser rico o pobre, es una elección de vida. En este juego de las elecciones, aparece una condición necesaria: respetando los derechos de propiedad de cada cual, sin averiguar cómo se obtuvieron las enormes fortunas mencionadas. No olvidemos que los incrementos de las últimas décadas provienen de la especulación financiera.
Según nuestro articulista, esto debe quedar claro para las decisiones que tome cada quien en la vida:
Como los bienes y servicios no crecen en los árboles y son escasos, en el proceso de mercado (que es lo mismo que decir en el contexto de los arreglos contractuales entre millones de personas) la propiedad se va asignando y reasignando según sea la calidad de lo que se ofrece: los comerciantes que aciertan en los gustos del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos.
Debo confesar, y espero que el lector sea compasivo conmigo, que me parece ver asomarse en el modo de pensar del impávido Benegas Lynch una especie de evangelismo ingenuo. La suerte de las vidas individuales se juega en el mercado: la propiedad se va asignando y reasignando según sea la calidad de lo que se ofrece. Es decir: según le vaya, gana más o menos. No aparece el cristianismo calvinista, porque está supuesto, manifestado en la Doctrina de los Elegidos y en la mano invisible de Adam Smith. Por lo tanto, no caben más discusiones: quien decide en última instancia es Dios. ¿Qué sucede cuando la voluntad humana no acepta las decisiones divinas? Los resultados se presentan con toda claridad: cuando aparece el fatal intervencionismo:
Es obvio que esto no ocurre si los operadores están blindados con privilegios de diversa naturaleza, ya que, de  ese modo, se convierten en explotadores de los demás y succionan el fruto de sus trabajos. Estamos hablando de mercados abiertos y competitivos, lo que desafortunadamente es muy poco usual en nuestros días.
Si la mano humana (interviene para corregir las desigualdades) se atreve a alterar el juicio de Dios (“la mano invisible”, de A. Smith) —que es la que pone orden en el mercado—, entonces todo el orden se desbarata y nos encontramos frente a este mundo de hoy. Ahora bien: la condición necesaria es el funcionamiento de mercados abiertos y competitivos (Teorema de Davos). El problema de nuestro sabio profesor es que nos encontramos en un mundo lleno de ateos que no se someten a las divinas decisiones (las que se suponen define la mano invisible); por tal razón, el mundo actual muestra una lamentable condición: la libertad de los mercados desafortunadamente es muy poco usual en nuestros días.
Sin embargo, hay quienes insisten todavía en reordenar el mercado introduciendo una desastrosa justicia humana, llamada justicia social:
La denominada justicia social sólo puede tener dos significados: o se trata de una grosera redundancia, puesto que la justicia no es vegetal, mineral o animal, o significa quitarles a unos lo que les pertenece para entregarlo a quienes no les pertenece, lo cual contradice abiertamente la definición clásica de "dar a cada uno lo suyo".