miércoles, 9 de abril de 2014

La democracia en peligro IV



Sin embargo, un académico destacado, miembro del establishment estadounidense, el doctor Lester Thurow[1] (1938), volvía sobre el tema del conflicto larvado que los intelectuales triunfantes suponían ya superado. En la década de los noventa, plantea con claridad el nudo del conflicto irresuelto en su libro El futuro del capitalismo (1996). El tono del análisis contenía una advertencia respecto de una contradicción que se estaba agudizando, aunque todavía no hubiera síntomas en superficie. Lo expresaba en estos términos:
La democracia y el capitalismo tienen muy diferentes puntos de vista acerca de la distribución adecuada del poder. La primera aboga por una distribución absolutamente igual del poder político, “un hombre un voto”, mientras el capitalismo sostiene que es el derecho de los económicamente competentes expulsar a los incompetentes del ámbito comercial y dejarlos librados a la extinción económica. La eficiencia capitalista consiste en la “supervivencia del más apto” y las desigualdades en el poder adquisitivo. Para decirlo de la forma más dura, el capitalismo es perfectamente compatible con la esclavitud... En una economía con una desigualdad que crece rápidamente, esta diferencia de opiniones acerca de la distribución adecuada del poder es como una falla de enormes proporciones que está por deslizarse.
Las dificultades presentadas por la gobernabilidad en una sociedad que distribuye inequitativamente la riqueza producida siguió preocupando a los hombres fuertes del mundo empresarial y académico. Pero es necesario volver a subrayar que la implosión de la Unión Soviética (1991) alejó definitivamente el fantasma del comunismo que anunciaba Karl Marx en el Manifiesto Comunista (1848), por lo cual se vivía una primavera capitalista. Sobre el final de la década de los noventa, el capitalismo ya deja ver cómo emergen sus peores métodos y resultados.
Despreocupado por la desaparición de su enemigo secular, el comunismo, se lanza a una carrera salvaje  por la obtención del mayor lucro posible, sin reparar en costos de ninguna naturaleza. La desarticulación de los estados distributivos en todo el mundo occidental dio lugar a una demolición de las leyes sociales por la apropiación, cada vez mayor, de la riqueza producida. La batalla ideológica comenzada a fines de los setenta, en los noventa mostraba sus banderas triunfantes. El mundo empresarial, las academias y universidades, los medios de comunicación concentrados se habían convertido al nuevo evangelio. El neoliberalismo imperaba con un consenso sólido, como lo analiza el Doctor Roitman.
El doctor Denis de Moraes[2], en un libro titulado Medios, poder y contrapoder, propone diferenciar el neoliberalismo como práctica económico-financiera de la ideología sustentadora. Si bien ya se pueden percibir en el escenario global los comienzos del fracaso de sus políticas económico-financieras, el entramado de ideas ha calado muy hondo en la conciencia colectiva y continúa presente en el imaginario colectivo. Sin embargo este es un problema que no aparece con la claridad necesaria. Nos advierte que es
Una distinción que los propios medios hegemónicos ocultan, para encubrir la preeminencia de su propia hegemonía cultural. En los países en los que todavía está vigente, el neoliberalismo no para de exhibir rotundos fracasos, pero sin embargo, incluso en los países en los que ha sido derrotado políticamente, no lo ha sido en los planos ideológicos y  culturales. Allí permanece actuante, vigoroso, incisivo.



[1] Economista estadounidense político, profesor del MIT. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Harvard. Actualmente es decano de la Sloan Business School. Se lo considera uno de los economistas más destacados de la actualidad.
[2] Doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad Federal de Río de Janeiro; profesor del Programa de Doctorado en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense e investigador del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, en el Brasil.