miércoles, 23 de abril de 2014

La democracia en peligro VIII



En las páginas anteriores, he trazado un cuadro general, político, económico y cultural con breves pinceladas, para estar en condiciones de introducirnos en el objeto central de esta breve investigación. Podemos sintetizarla de este modo: las revoluciones modernas —la francesa y la inglesa del siglo XVIII— abrieron el camino que facilitaría un reordenamiento político-institucional, con la propuesta de incorporar la ciudadanía en el debate de los temas nacionales. Recuperando la vieja tradición aristotélica, el resultado de ese proceso se denominó “democracia” (de demos = pueblo; cratos = gobierno). Esta innovación de la sociedad moderna prometió un abanico de posibilidades, sostenido por los valores expresados con las tres banderas de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Sin embargo, contemporáneamente en la Inglaterra de aquel siglo, sin la posibilidad de suponer las consecuencias, se estaba promoviendo una revolución de los modos de producir, conocida después como la Revolución Industrial. Ambas revoluciones contenían en germen elementos contrapuestos que se harían sentir en el siglo siguiente. Estas contradicciones marcarían y distorsionarían los sueños libertarios que habían inflamado muchos corazones. Los movimientos de trabajadores socialistas denunciaron, en sus comienzos, estas dificultades que dos siglos después sintetizó Lester C. Thurow. Aunque  ya citadas, vuelvo a proponer la lectura de estas palabras, para comprender esta contradicción:
La democracia y el capitalismo tienen muy diferentes puntos de vista acerca de la distribución adecuada del poder y la riqueza. La democracia aboga por una distribución absolutamente igual del poder político, “un hombre, un voto”, mientras el capitalismo sostiene que es el derecho de los económicamente competentes expulsar a los incompetentes del ámbito comercial y dejarlos librados a la extinción económica. La eficiencia capitalista consiste en la “supervivencia del más apto” y las desigualdades en el poder adquisitivo.  
La comprobación de que la democracia y el capitalismo tenían una diversidad de objetivos ya estaba insinuada a comienzos del siglo XIX, y necesariamente debía dar lugar a un enfrentamiento de clases que puso en evidencia los problemas, limitaciones y mezquindades de la cultura burguesa.  La sociedad industrial no podía armonizar los modos de la democracia con los del mercado capitalista. Podemos afirmar, entonces, que la cuestión tema de la gobernabilidad propuesta por la Comisión Trilateral como un problema que emergía en la década de 1970, era, en realidad, una nueva complicación intrínseca al capitalismo, existente en su propia estructuración social desde el origen.
La democracia de fines del siglo XIX atenuó estas contradicciones y les ofreció un camino parlamentario para su tratamiento. La incorporación de representantes de los trabajadores y las leyes sociales que fueron sancionando parecieron atenuar los conflictos. Esto se producía fundamentalmente en los países centrales. Sin embargo, una instrumentación del comercio internacional, basado en la división internacional del trabajo, logró la extracción de riquezas que fluirían hacia ellos. Estas atenuaron los reclamos salariales pero agudizaron la explotación de los países de la periferia.
Las dos grandes guerras hicieron olvidar y postergar el análisis de esta problemática. A partir de los cincuenta, como ya hemos analizado, el Estado de Bienestar fue un buen paliativo que logró metabolizar el problema por tres décadas (los treinta gloriosos). Las siguientes colocaron nuevamente el tema sobre la mesa del análisis político y económico, visto en páginas anteriores.
Ahora estamos en mejores condiciones para abocarnos a la investigación sobre cómo fue evolucionando el tratamiento de este problema y de cómo se ha propuesto resolverlo desde las usinas del pensamiento neoconservador. Comencemos a pensar el porqué del título de estas notas que denuncian el peligro corrido hoy por la democracia: ésta ya no es funcional a los intereses del capital concentrado, puesto que se ha llegado al convencimiento de que la contradicción entre sociedad democrática y sociedad de mercado (capitalismo) es insoluble en los términos actuales.