domingo, 27 de abril de 2014

La democracia en peligro IX



El paso siguiente — es imprescindible estudiarlo— nos permitirá explicar el origen de la configuración del escenario internacional actual. Para ello, debemos hacer algo de historia, y analizar un concepto fundamental, no fácil de comprender hoy.  Sin embargo, en él radica la explicación de muchos hechos políticos de la globalización. Este concepto un tanto olvidado (¿ocultado?) es el que se refiere al Destino manifiesto de los Estados Unidos. Buscando sus primeros registros, podemos leer una expresión de la ministra puritana del siglo XVII, Sofi G. (cuyos datos no se registran en los documentos), en la época en que comenzaban a poblar la América del Norte los primeros colonos y granjeros llegados desde Inglaterra y Escocia. En su mayoría, profesaban el puritanismo calvinista. Ella escribía en 1630:
Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos.
Otra mención de ese concepto aparece en 1839, en un artículo publicado en la revista Democratic Review, de Nueva York. Su autor, el periodista John O’Sullivan, fundamenta en la misma línea argumental la necesidad de demostrar que el pueblo estadounidense estaba elegido por Dios para expandirse a lo largo de toda América del Norte:
Por todo el continente que nos ha sido asignado por la Divina Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.
Lo determinante de su posición se sostenía en el mandato divino:
No es una opción para los norteamericanos, sino un destino al que éstos no pueden renunciar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. Los norteamericanos tienen una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores… La nación americana ha recibido de la Providencia divina el destino manifiesto de apoderarse de todo el continente americano a fin de iniciar y desarrollar la libertad y la democracia. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre en la Tierra.
Las ideas de este periodista no eran nuevas, pero llegaron en un momento de gran agitación nacionalista y expansionista en la historia de los Estados Unidos. Fueron adoptadas bajo esa frase que el propio O’Sullivan acuñó, el Destino manifiesto, y se convirtió en la justificación político-religiosa básica del expansionismo norteamericano. El momento de aplicar esa concepción había llegado en la disputa por los territorios mexicanos, por cuya posesión entabla una guerra con México, de 1846 a 1848. Laura Garza Galindo, periodista de investigación de La Jornada de México, escribe el 31-5-2003 sobre el “Destino manifiesto”:
La expansión territorial y la concepción imperialista de Estados Unidos se asientan en el siglo XIX. En 1803 el presidente Thomas Jefferson compra Luisiana y Florida… A lo largo de ese siglo, compran o pelean con otros países; no sólo en la propia América del Norte desplazan a sus pueblos indígenas, esclavizan o guerrean entre ellos, sino también salen a lugares lejanos y, con estrategias amigables o no, se apoderan lo mismo de Puerto Rico, que de Cuba, Panamá, Hawaii, Alaska, Filipinas, Islas Vírgenes, entre otros ejemplos… Lo esencial es que desde su origen como nación, la obsesión de Estados Unidos ha sido encontrar la perfección social mediante un triple compromiso: con la divinidad (cumpliendo con el destino impuesto por Dios), con la religión (observando una moral intachable) y con la comunidad (defendiendo su libertad, su seguridad y su propiedad). A lo largo de su historia, los políticos de esa nación han invocado el favor de Dios en sus discursos y han insistido en la ‘misión trascendente’ que tienen la obligación de cumplir.