miércoles, 4 de junio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana II



En un trabajo anterior que titulé La subjetividad posmoderna y el buen vivir (puede consultarse en la página www.ricardovicentelopez.com.ar) propuse un análisis respecto de este tema que ronda las conversaciones cotidianas: la felicidad humana y su posibilidad. El tratamiento que allí le di propuso un modo algo más sistemático que el que se plantea habitualmente el ciudadano de a pie, con la intención de levantar, en alguna medida, la puntería hacia una mirada más amplia y de mayor alcance. Darle una mayor profundidad y densidad para sustraerlo del modo en que se lo aborda desde la opinión pública.
En esta serie de notas el enfoque se va a centrar en la relación que debe establecerse entre el sistema económico, que hoy rige en el mundo globalizado, como posibilitador o impedidor del logro de una felicidad aceptable, para cada uno de nosotros y para la comunidad humana en sus diversas formas de organización.
La cultura occidental moderna comenzó a anunciar subliminalmente su crisis, aunque esto no lo hayamos comprendido en su totalidad, en el instante del mayor esplendor de la globalización neoliberal. Su culminación advertía que el comienzo del fin no estaba lejos. Quiero decir, en los noventa se desplegaba la maniobra inicial de la operación de asalto final de la conquista imperial de parte del capital financiero, que podemos denominar “ahora vamos por todo”. Ésta se consumó en el estallido de la burbuja inmobiliaria de 2007-8. En ese momento histórico, el de su triunfo, fue al mismo tiempo el inicio de su camino final. No debe interpretarse esto como la profecía de un derrumbe inmediato. La caída será lenta y, probablemente larga, pero ya comenzó.
La percepción de ese fin de ciclo ha dado lugar a las más diversas interpretaciones. Una en especial, que ha merecido mucha atención mediática y ha publicado gran cantidad de artículos periodísticos y notas en variados medios, fue conocida como la new age. Esta interpretación de ese final se presentó sustentada por una filosofía implícita que ofrecía un tratamiento frívolo, vano, superficial[1]. Entonces cabe preguntarse ¿qué es la new age? Es una filosofía de vida ligera, suave, hedonista, que propone para esta etapa el mayor disfrute personal posible, aunque sea éste frágil y evanescente, para campear la tormenta espiritual del profundo vacío que este proceso ha generado y que se pretende ignorar:
El término Nueva era o New age —utilizado durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI— nace de la creencia astrológica de que cuando el Sol pasa un período (era) por cada uno de los signos del zodíaco, se producen cambios en la Humanidad. Según esta creencia, la constelación contra la que se encuentra el Sol influiría de alguna manera en la conciencia y el desarrollo de los seres humanos. De acuerdo con sus raíces de fenómeno contracultural y su naturaleza sincrética, los seguidores de la Nueva Era pretenden buscar una aproximación relativista a la verdad. Esta creencia no es solo una aseveración de elección personal en los asuntos religiosos, sino también una aseveración de que la verdad misma se define por el individuo y su experiencia de ella.
Dentro del abanico de creencias que ha cobijado la espiritualidad new age se ofrece una versión personalizada de la felicidad para uso de cada consumidor. La actitud ante la vida se resume en un tomar lo deseable y dejarlo cuando pierda su atractivo. Un tómalo y déjalo sobrentendido. Se popularizó con la expresión inglesa: touch and go.  Este tipo de conductas es aplicable al mundo de objetos que brinda el mercado: desde una ropa o un artefacto electrónico, hasta una pareja sexual, etc., todo ello asumido con la mínima intensidad para que sea indoloro. La contrapartida, el compromiso, inaceptable en ese contexto cultural porque exige una densidad en la que se arriesga el dolor por la pérdida posible. Entonces, dentro de esta concepción la felicidad es sólo un momento pasajero que aparece y desaparece, lo cual impone la necesidad de atraparlo mientras dure, para luego seguir la vida cotidiana como si nada hubiera pasado. ¡En realidad nada pasó!



[1] Remito a mi trabajo La decadencia de Occidente publicado en la página www.ricardovicentelopez.com.ar