miércoles, 25 de junio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana VIII



Hemos llegado al momento de esta investigación que reclama el segundo tema del título, la felicidad humana, y su derecho a ocupar un espacio adicional a lo dicho en páginas anteriores. No se me escapa — convencido de que me acompaña el ciudadano de a pie— que el abordaje se ve entorpecido por la cuantiosa bibliografía sobre la new age y la autoayuda personal, que se sumergen en propuestas de soluciones individuales.
En el contexto de las reflexiones manifestadas, la intención apunta hacia las condiciones socio-institucionales y/o culturales y/o educativas, todo ello en su acepción más amplia, que posibilitan una vida vivible y satisfactoria para muchos o que la impiden. La indagación sobre el capitalismo aportó una serie de preguntas y de posibles respuestas que intentaron desbrozar el camino hacia planteos superadores de los escollos encontrados.
En otro trabajo mío ya citado: La subjetividad posmoderna y el buen vivir[1], el tema de la felicidad aparece estrechamente ligado al buen vivir, que debe ser diferenciado del proyecto burgués del vivir bien: la armonía y la paz interior no son compatibles con la idea del confort que se adquiere en el mercado. También allí me hice cargo de las dificultades con las que la vida moderna nos obstaculiza ese logro. Es decir, la propuesta de los pueblos originarios parte de un marco cultural comunitario muy lejano de nuestras condiciones actuales sumergidas en una cultura consumista. Dentro de ella, la felicidad se presenta como la posibilidad de comprar todo lo deseable, sin reparar en la incidencia condicionante del aparato publicitario que nos bombardea.
Sin embargo, dentro del tipo de vida en la que se desenvuelve nuestra cotidianeidad, debemos intentar saber qué tipo y cuánto de felicidad es posible alcanzar. Y en estos menesteres se halla Richard Layard[2] (1934), economista egresado de la Universidad de Cambridge, profesor emérito de Economía y director- fundador del Centro para la Performance Económica. Parte de una conclusión muy lógica: «El objetivo último de la economía y de la política de cualquier país decente debería ser el trabajar en pro de la felicidad de sus habitantes». Uno puede pensar que hay un grado importante de ingenuidad en semejante afirmación, salvo por el uso del condicional: debería, implícitamente sugerente de que no se manifiesta así en la actualidad.
Tal y como sostiene en su libro La felicidad: lecciones de una nueva ciencia (2005), el progreso de la felicidad nacional debería considerarse un objetivo político, estudiado y evaluado tan concienzudamente como el crecimiento del PIB. En este libro, cuenta cómo, por primera vez, se puede medir la felicidad de una población de una manera objetiva. Afirma con un algo de ironía «Los resultados de décadas de encuestas y escaneos cerebrales muestran que, una vez pasado el nivel de subsistencia, lo que nos importa de verdad es si el pasto del vecino es más verde que el nuestro». De esas investigaciones observa lo siguiente:
Obviamente, para quienes viven con menos del sueldo mínimo un aumento en el ingreso contribuye a la felicidad. Lo vemos en los países pobres y vemos también que los países ricos son más felices que los pobres. Pero una vez que se supera ese punto, lo que la gente quiere es un mayor ingreso en comparación con los demás. Esto significa que si el país entero se vuelve más rico, no aumenta la felicidad de sus habitantes porque todos se volvieron más ricos y entonces no aumenta su ingreso relativo. Tenemos muchísima evidencia empírica que lo prueba, como las encuestas donde la gente declara cuán contenta se siente y que podemos cruzar con los datos respecto de su ingreso y el ingreso de su vecindario, su ocupación y todo lo necesario para ver qué es y qué no es importante.


[1] Se puede consultar en la página www.ricardovicentelopez.com.ar .
[2] Economista británico, director de programas del Centro para el Desempeño Económico de la London School of Economics. Su carrera se centró en la reducción del desempleo y la desigualdad.