domingo, 1 de junio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana I



Una larga tradición, de más de dos siglos, ha instalado el debate sobre el capitalismo en el terreno técnico-económico. Equivale a decir, en el análisis crítico de los diversos mecanismos mediante los cuales opera en el seno de la sociedad occidental moderna. Todo ello debe ahora pensarse planetariamente a partir de la imposición del proyecto de expansión mundial, como consecuencia de la política cultural del neoliberalismo que implementó la globalización de los ochenta-noventa.
Pensar esto me llevó a un intento de reubicar el escenario de este debate: colocarlo en un plano intersubjetivo. Detengámonos en el significado de este vocablo. El diccionario de la lengua nos informa: «Intersubjetividad – Lo que sucede en la comunicación intelectual o afectiva entre dos o más sujetos». Nos encontramos en un plano que sobresale de la subjetividad individual para llevarnos a pensar este fenómeno que, con un poco de osadía, también podríamos pensarlo como lo espiritual. Proponernos esta perspectiva nos facilita superar la tradición liberal individualista que encierra en el estrecho marco de la intimidad un amplio abanico de fenómenos. Esto se da por el desconocimiento de que la persona humana es también, y primariamente, resultado de una relación social, que comienza por la correspondencia madre-bebé.  
La ampliación del marco conceptual nos abre un horizonte más amplio, más rico y fecundo, desde el cual pensar cuáles deben haber sido las motivaciones básicas, originarias, por las cuales los hombres han intentado históricamente definir formas institucionales que garanticen el logro de la mayor satisfacción que la vida en comunidad podía brindar. Desde hace más de dos milenios el pensamiento de los filósofos rondó esta problemática. Wikipedia comenta:
Aristóteles sostiene que todos los hombres están de acuerdo en llamar felicidad a la unidad presupuesta de los fines humanos, el bien supremo, el fin último, pero que es difícil definirla y describirla. De ahí debe entenderse la divergencia de opiniones respecto a cómo pensar la felicidad: placer para algunos, honores para otros, contemplación (conocimiento intelectual) para otros más. Aristóteles rechaza que la riqueza pueda ser la felicidad, pues es un medio para conseguir placeres o bien para conseguir honores, pero reconoce que existen personas que convierten a las riquezas en su centro de atención.
Volvamos al diccionario para ver de qué estamos hablando: «Felicidad: Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Satisfacción, gusto, contento». Debo decir que me parece una definición bastante pobre, con cierto gusto a mercado de consumo. En cambio Wikipedia abre el cuadro de significaciones:
La felicidad (del latín felicitas, a su vez de felix, "fértil", "fecundo") es un estado emocional que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada. Tal estado propicia paz interior, un enfoque positivo del medio, al mismo tiempo que estimula a conquistar nuevas metas. Se define como una condición interna de satisfacción y alegría que ayuda a muchas personas.
En la tradición griega puede detectarse una divergencia en el abordaje filosófico entre Aristóteles[1] (384-322 a. C.) y Epicuro[2] (341-270 a. C.), que se presenta aún hoy con sorprendentes resonancias en nuestra cultura. Para el primero ser feliz  es ser humano en el sentido más pleno de la palabra, el centro de las aspiraciones del hombre está dominado por ese logro; por el contrario, para el segundo, la motivación fundamental que mueve a los humanos es también la felicidad pero entendida ésta como la obtención del placer.



[1] Fue un pensador e investigador ateniense: filósofo, lógico y científico, discípulo de Platón, cuyas ideas han ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de Occidente por más de dos milenios.
[2] Fue un filósofo griego, fundador de la escuela que lleva su nombre (epicureísmo). El aspecto más destacado de su doctrina es el hedonismo racional. Defendió su doctrina basada en la búsqueda del placer, la cual debería ser dirigida por la prudencia.