miércoles, 18 de junio de 2014

El capitalismo y la felicidad humana VI



Los debates y las investigaciones del Club de Roma continuaron. En 1992, veinte años después de la publicación original del informe sobre Los límites del crecimiento,  se publicó una nueva versión  a la que se le incorporaron nuevos datos y nuevas conclusiones, su título adquirió un tono de mayor gravedad: Más allá de los límites del crecimiento, en la cual se afirmaba que «la humanidad ya había superado la capacidad de carga del planeta para sostener su población». Veintidós años después, en el 2004, se publica la versión más actualizada e integral que recuperaba las dos versiones anteriores, con un título que parecía demostrar bastante cansancio: Los límites del crecimiento: 30 años después:
En esta publicación se aborda la discusión sobre el imparable crecimiento de la población mundial, el aumento de la producción industrial, el agotamiento de los recursos, la contaminación y la tecnología. Entre otras cosas se  señala que: no puede haber un crecimiento poblacional, económico e industrial ilimitado en un planeta de recursos limitados. En 2012 se edita en francés el libro Les limites à la croissance (dans un monde fini), última edición de Los límites del crecimiento. En esta edición los autores disponen de datos fiables en numerosas áreas (el clima y la biosfera, en particular), según los cuales ya estaríamos en los límites físicos. La conclusión por tanto es menos polémica y los autores no tienen ningún problema para mostrar, mediante el instrumento de la huella ecológica, que el crecimiento económico de los últimos cuarenta años es una danza en los bordes de un volcán que nos está preparando a una transición inevitable. Además se dedican dos capítulos para proponer posibles transiciones que deben ser rápidas, apoyados en ejemplos, para evitar el temido colapso. Los autores destacan la importancia de las inversiones que tendrán que comprometerse con la necesaria transición hacia una sociedad que consuma recursos sostenibles.
Después de hacerse cargo de toda esta información se presenta el riesgo de caer en un escepticismo incurable. Pero no debe ser esa la actitud a asumir. Ello demostraría una inconciencia fatal y una voluntad de suicidio colectivo (de lo cual ya aparecen síntomas claros) aunque todo esto funcione en un nivel profundo de nuestras conciencias, esa negación nos posibilita seguir, como pronostica un viejo dicho “seguir bailando en la cubierta del Titanic”.
Una reflexión necesaria en este punto requiere volver con una mirada crítica sobre el contenido del importante y meduloso informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Corro con todos los riesgos de que un lector atento ponga en duda mi capacidad y calificación para osar tan temeraria aventura, sobre todo dada la importancia y prestigio de la institución que lo realizó. Diré, con la modestia que pueda estar a mi alcance, que creo que sólo con una actitud emancipadora de los saberes dominantes se podrá abrir un camino que, sin ignorar de ningún modo los datos de los Informes, abra una brecha por la cual vislumbrar una alternativa posible.
En este punto voy a introducir en el ruedo a Mateo Aguado cuyos avales de académico e investigador me cubren en esta osadía. Es Licenciado en Biología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM); Maestría Universitaria en Cambio Global por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo; Maestría en Medio Natural, Cambio Global y Sostenibilidad Socio-ecológica por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA); e Investigador del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad Autónoma de Madrid. Nos encontramos con la opinión de un especialista quien publicó un artículo que tituló Algunas ideas sobre capitalismo e indignación (febrero 2013) ante el cual debemos tomar nota que introduce un concepto en el análisis que no aparece en el Informe del MIT: capitalismo:
No sólo estamos ante una crisis económica, financiera, social y ecológica, sino que nos encontramos fundamentalmente ante la crisis sistémica del capitalismo, un modelo cuya única razón de ser es el crecimiento económico ilimitado y el consumo social en masa que lo alimenta. Somos seres finitos que vivimos en un planeta finito. Rescatar la lógica de nuestra finitud acomodando nuestras acciones a las leyes de la termodinámica y a la biosfera en la que habitamos significará -más pronto que tarde- romper con el predador sistema que hemos engendrado.